ME DA MIEDO SALIR SOLA
- 8 mar 2018
- 4 min de lectura
Salí con una falda corta de color negro y una blusa roja de tirantes sin escote, sandalias, el cabello suelto y sin maquillaje. Había pensado en diferentes escenarios, pero no lograba decidir mi destino inicial.
Entonces recordé una calle que siempre transitaba para llegar a mi colegio unos años antes, la Carrera 21 con Avenida del Río, por la fábrica de Postobón, la compañía de bebidas azucaradas. Pasar por ahí siempre me generaba incomodidad: gritos, palabras e insinuaciones de todo tipo venían por parte de los trabajadores que por algún motivo siempre están a las afueras de la empresa.
Estoy caminando cuando a lo lejos empiezo a ver la silueta de los trabajadores (mientras avanzaba sentí varias miradas en mí). Empiezo a sentir nervios. La calle está sola, yo también. Continúo a paso firme y me acerco más y más: “Si así como caminas cocinas, me como hasta el cucayo” dice uno de los trabajadores al verme. “Quien fuera falda para rozarte las piernas, mamacita” agrega otro. “Ahí va pasando la futura madre de mis pelaos” “¿Todo eso es tuyo, mami?” “Uy, qué rico” “Mi amor, tírame un beso” “te veo y se me para” y muchas frases más escucho en los minutos que camino cerca de ellos. Me siento insegura, amenazada, con la sensación de que me puede pasar cualquier cosa. Pensé en Camila, mi hermana de 14 años que a veces camina por esa calle, en las otras niñas y mujeres que también tienen que pasar por algo tan incómodo y en las hijas de estos personajes (que seguramente alguno debe tener). Por un momento considero la posibilidad intervenir y exigirles respeto, pero los nervios me detienen. Decido continuar.
Me distancio de la escena de acoso aún caminando a paso rápido y firme, cuando una moto se me acerca. Un hombre, de unos 30 años aproximadamente, se sube el casco y dice:
-¿Te llevo?
No, gracias. Respondo mirándolo con desconfianza y sin detenerme.
Ven, súbete, no te voy a cobrar nada.
Gracias señor pero ya van a venir por mí.
Estás muy linda, tienes carita de ángel, agrega. Como si esas palabras “dulces” fueran a convencerme de subirme a su moto.
Acelero el paso y veo que me sigue lentamente en su moto. Esos minutos que llevo caminando se sienten como años. Los nervios se convierten en miedo y al ver que seguía detrás de mí determino tomar el primer taxi que pase. Por fortuna no se demora.
Buenas noches señor. Me lleva por favor a … (Me tomo unos segundos para pensar a dónde voy) al centro, al Parque de los novios.
Es sábado dos de septiembre, hace poco fue quincena y me imagino que el centro va a estar lleno.
Es un lugar que frecuento porque me gusta salir a bailar con mis amigos, pero nunca he estado sola. Sin embargo me siento tranquila.
Llego y recorro las calles sin ninguna anomalía. Entro a Tu Jaus, un bar, y pido un coctel sin alcohol (no quiero tomar nada embriagante estando sola). Voy por la mitad de mi bebida cuando la mesera me lleva una cerveza y me dice “es de parte del muchacho de allá” y señala en la barra a un hombre que nos miraba. “Dile que gracias, pero que no le acepto nada a extraños”.
Al rato él llegó:
-Hola, soy Carlos, y como ya no soy un extraño, te puedes tomar la cerveza conmigo.
Gracias Carlos, pero no tomo alcohol.
No te creo - Me dijo con verdadera cara de incrédulo – al menos una cerveza, para conocernos.
Gracias, pero no.
No seas así, yo sé que quieres. Por cierto, no me has dicho tu nombre.
Soy Mariana (le di un nombre falso).
Mariana, si te tomas esta cerveza conmigo – dijo pasando su brazo por mi espalda- te invito otro de los cocteles que te estás tomando.
Ya me tengo que ir.
Salgo sorprendida por el nivel de atrevimiento de ese extraño que acababa de acercarse a mí creía tener derecho a tocarme y me preguntaba si él no sabía lo que un NO significaba. También me pregunto si mis amigos son así, a lo que no pude responder.
En Colombia el acoso callejero es tan común que tristemente se ha normalizado. El 87% de las mujeres de 25 años afirman haber sido acosadas de forma verbal o física. Yo crecí escuchando “piropos” y “halagos” callejeros, que lejos de hacerme sentir especial o bonita me hacían sentir oprimida y humillada.
El acoso callejero como tal no tiene ningún tipo de regulación en Colombia ni está tipificado en el Código Penal como delito, sin embargo, algunos comportamientos que hacen parte del acoso callejero (como el manoseo) son considerados algunas veces como violencia en contra de la mujer. Por lo tanto se puede hacer uso de la Ley 1257 del año 2008 que trata temas de violencia contra la mujer para denunciarlos. La mayoría de casos se quedan en la impunidad.
Imagínense a una niña de 13 años que mientras camina al colegio debe escuchar comentarios como “te veo y se me para”, para luego crecer y encontrarse con un extraño en un bar que sin aprobación abraza su espalda mientras ella se niega a tomar alcohol con él. ¿Debe darme miedo salir sola? Empiezo a creer que sí.
Regreso a mi casa como a las 11:00 p.m, no sin antes escuchar unos cuantos piropos y silbidos antes de tomar el taxi. Cuando salgo con mis amigos eso no pasa, al menos no de forma tan evidente. ¿Acaso una mujer por estar sola es vulnerable?
Me confieso profundamente desalentada y además me niego a aceptar esta realidad. Tal vez deba cambiar la educación, tal vez deban cambiar las leyes que protejan a la mujer. Hay que hacer lo que sea necesario para garantizar la seguridad de las féminas en las calles. Considero esta una premisa indispensable para un país que está en búsqueda de paz.



Comentarios